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Nogal, relato de aborto

Aborto inducido, Noviembre 2023


Este es el relato de mi tercer aborto. Mi quinto embarazo. El único embarazo que tuve el valor de no llevar a término. Una decisión extremadamente dolorosa de la que no me arrepiento con la mente, pero que sigue siendo una herida abierta en mi cuerpo y alma.


mujer despidiéndose de su bebé



 

Un primer encuentro aparentemente inocente

 

Agosto de 2023, llevaba un año viviendo sola con mis dos hijas, esa noche dormían con su padre. Conocí a un hombre, le invité a casa, hablamos durante varias horas, hubo buen feeling y el encuentro acabó en la cama. La noche de sexo no fue extraordinaria, pero tampoco desastrosa. Eso sí, nos olvidamos por completo de usar un condón.

 

Pero era mi último día de regla, de estos que casi ya ni manchas, demasiado pronto para ovular, me pasó por la mente la posibilidad de un embarazo, pero el riesgo era muy bajo.

 

Al día siguiente, antes de irse, todo apuntaba a que nos volveríamos a ver, y no estaba enamorada, pero sí ilusionada. Me parecía una persona interesante, curiosa, tenía ganas de saber más de él y de ver qué nos deparaban las siguientes semanas. Ojalá no hubiese tenido esta curiosidad.

 

Pasamos los siguientes días hablándonos por mensajes, no a todas horas, pero sí un ratito todos los días. Y en uno de estos mensajes decidimos volver a quedar. Justo una semana exacta después de nuestro primer encuentro.

 

Tras haber concretado día y hora de quedada, le dejé caer en un mensaje que, si acabábamos en la cama, esta vez era buena idea acordarnos del condón. Le dije que no había ningún drama, que los dos nos habíamos dejado llevar por la intensidad del momento, pero que prefería no volver a arriesgar nada.

No se opuso a la idea.

 

 

Un segundo encuentro desastroso

 

Iba a llegar a mi casa después de trabajar, bastante tarde. Por la tarde, horas antes de su llegada, hablé con Valle. Le conté que algo me preocupaba. Se acercaba la hora de la quedada y releía su respuesta a lo del condón y, aunque aparentemente no se oponía, algo me decía que la idea tampoco le encantaba. Otra vez me enseñó la vida que debería hacerle más caso a mi intuición.

 

Cuando llegó estuvimos un rato abajo, charlando, reconociéndonos, conectando. En un momento en que la atracción iba subiendo, le pregunté con tono de broma si tenía condones. El tono era ligero, el tema, no. Le dije claramente que esta semana sí que había un riesgo de embarazo, por no hablar de lo poco que nos conocíamos. Que me conocía perfectamente, que sabía que estaba en mis días más fértiles, que ya tenía dos hijas y ya había pasado por dos abortos. Que no quería otro embarazo en este momento.

 

Me dijo que sí, los tenía, que estuviera tranquila. Que además, él se había hecho una vasectomía. Seguimos un rato. Y subimos a la habitación. Allí me propuso un masaje, con las manos atadas. Experiencia que me pareció interesante y a la que accedí confiando.

 

Tumbada boca abajo, me dio un masaje que recuerdo placentero. Aunque no podía verle, la cercanía de nuestros cuerpos desnudos me dejaba claro que su excitación iba en aumento. Y aunque la mía también, seguía en el fondo de mi cabeza la preocupación por el tema del preservativo. Y con razón.

 

Sentí cómo se acercaba. Reconocí el ángulo de nuestros cuerpos. Le supliqué “tengo condones en la mesita de noche”. Me penetró para acallarme.

 

Esa noche, me violó.

 

Recuerdo llorar, pedirle que pare. Recuerdo oír a mi vecina cerrar sus persianas y rezar por que saliera a fumar a su porche y, desde ahí, me escuchara y supiera reconocer mi necesidad de ayuda. Recuerdo el dolor. Recuerdo que se me hizo eterno. Recuerdo, en un momento dado, decirle con los dientes apretados y entre lágrimas que si me iba a follar a lo bruto, hiciera el favor de acabar pronto…

 

Terminó y se durmió a mi lado. Me pasé la noche en vela, en silencio a su lado, con las manos aún atadas.

 

Por la mañana se despertó, me soltó las manos y me preguntó si podía preparar un café. Como si lo ocurrido fuera lo más normal del mundo. Y bajó a ducharse. Mientras estaba en la ducha, me vestí y preparé café, resignada a desayunar con él como si nada, con tal de no tener un enfrentamiento, pensando que así se marcharía antes.

 

Se fue tras el café y yo, sentada al sol en el porche de casa, pensé: de ésta, me he quedado embarazada.

 

 

Tardar en procesar lo ocurrido

 

No había pasado una hora desde que se había marchado de mi casa que ya tenía un mensaje suyo. Cariñoso, cuidadoso, encantador. Entonces pensé que todo lo ocurrido por la noche era interpretación mía. Empecé a creer que no había sido lo suficientemente clara, lo suficientemente firme, pensé que él la había cagado, sí, pero sin maldad.

 

Tardé unas cuantas horas en responderle. Finalmente le escribí, explicándole cuál había sido mi sentir de todo lo ocurrido, lo mal que me sentía. Le exculpé por no haber sido yo lo suficientemente clara, adelantándome que no tenía malas intenciones y expresándole mi preocupación por un posible embarazo.

 

Dedicó varios mensajes muy largos y muy bien redactados a explicarme que todo había sido un malentendido, que tendría más cuidado las siguientes veces, que lo sentía mucho. Y, sobre todo, me mandó una foto de una cicatriz suya, cerca de su ingle, recordándome que se había hecho una vasectomía.

 

Esto me llamó la atención y le dije que las vasectomías no dejaban cicatrices en la ingle. Se puso a contarme que “bueno, dije vasectomía por simplificar, en realidad es otro método anticonceptivo que se llama reducción de esperma. Pero no te preocupes, aunque es reversible, en este momento me hice un análisis y no tengo espermatozoides, ya veras como pronto te viene la regla”.

 

Seguimos hablando unos días más y cuándo se acercó el momento de quedar de nuevo, le insistí en que me quedaría más tranquila si nuestros próximos encuentros íntimos eran con preservativo. De ahí en adelante, me dio largas dos veces y desapareció del paisaje.

Tardé un tiempo en entender que había sido manipulada, que me había dejado engañar. Que no es que yo no había sido clara, sino que él era un violador.

 

 

Unos primeros signos muy evidentes

 

Ocho días más tarde, tuve un manchado leve. Aunque no lo había tenido antes, supe que era un sangrado de implantación. Muy pronto aparecieron las náuseas y los vómitos, aunque todavía no tenía ni retraso.

 

Sabía con absoluta certeza que estaba embarazada. Necesitaba hablar de esto. Algunas de mis amigas me decían que estaba somatizando por estar preocupada. O que era demasiado pronto para saber nada, que lo mejor era relajarme y esperar. Pero no me podía relajar porque estaba embarazada, lo sabía desde el instinto.

 

Llegó el día en que me tocaba iniciar nuevo ciclo. Sabía que no me iba a venir la regla. Fui a comprar un test de embarazo porque no podía soportar ni un día más que mis amigas no profundizaran en el tema conmigo. Necesitaba que ellas también se creyeran que estaba embarazada para poder hablar de ello y que me tomaran en serio. Evidentemente, dio positivo.

 

Aunque no fue ninguna sorpresa para mí, me impactó. Decidí mandarle a este desgraciado una foto del test. Jamás me contestó. Tuve que decidir sola qué hacer. Y aunque agradezco no haber tenido que tener en cuenta su opinión (ya que nunca la expresó), reconozco que la soledad y la responsabilidad me vinieron muy grande.

 

 

Una dualidad desgarradora

 

Me sentí absolutamente torturada. No podía tener este bebé. Económicamente, sola no lo podía asumir: ni siquiera conseguía asumirme a mí y a mis dos hijas. Logísticamente, sola, no lo podía asumir: apenas conseguía dedicarles tiempo a mis dos hijas y sólo podía trabajar porque su padre me cubría cuando me iba a un parto. ¿Con quién iba a dejar este bebé para poder trabajar? Emocionalmente, sola no lo podía asumir: ¿Cómo le iba a decir a él que no tenía padre cuando mis otras dos hijas sí? ¿Cómo le iba a explicar que su embarazo no fue buscado y que su concepción fue una violación?

 

Pero a pesar de todo, quería tenerlo. Quería a este bebé.

 

En ese momento, estaba de guardia para 4 partos, no podía arriesgarme a que coincidieran mi aborto con uno de estos partos. Aún si se retrasaban todos, todavía estaba a tiempo para abortar. Estas semanas también me daban margen para buscar desesperadamente una solución, no quería tomar una decisión precipitada.

 

Muy pronto, sin embargo, supe que abortaría. Pero decidí que, mientras crecía dentro de mí, iba a darle todo el amor que no podría darle para toda la vida. Iba a vivir este embarazo con disfrute, sin privarme de nada.

 

De saber que iba a seguir adelante con este embarazo, no lo habría hecho, pero en esta tesitura, de 7 semanas, me hice una ecografía. En ella vi, antes de que dijeran nada, un puntito negro que parpadeaba en la pantalla, y supe que era su corazón latiendo. Luego le escuché y lloré. Sabía que yo iba a detener este latido. Les pedí que me imprimieran una foto. Sabía que no iba a tener muchas, y no quería fingir que no existía.


ecografía 7 semanas de embarazo
Cuando envié esta foto al hombre que me había dejado embarazada, me insulto, bloqueó y borró todo nuestro chat, supongo que por miedo a que le denunciara.

Muy pronto noté mi altura uterina y, palpándome, conseguía distinguir donde estaba creciendo dentro de mí.

 

Recuerdo tumbarme en la cama con Valle, desbordarme de amor por este bebé y preguntarle si podía acariciar mi barriga conmigo. Estuvimos las dos juntas mandándole amor a través de la piel.

 

De 9 o 10 semanas, en casa cogí el Doppler y conseguí pillar su latido. No el sonido, era demasiado pronto, pero sí que el aparato conseguía marcar las cifras de su latido en la pantalla.

 

Recé por encontrar una solución, barajé muy seriamente darle en adopción. Pero no podía. Era demasiado difícil. Quería tenerlo. Y sentía que no podía tenerlo. Que habría sido egoísta e irresponsable por mi parte.

 

 

Asumir que escogía abortar

 

Mis dos anteriores abortos fueron espontáneos. En mi último aborto, había decidido que no quería tenerlo, pero no tuve que intervenir, mi hija se fue sola antes de que hiciera nada. Sabía que esta vez, este bebé no me lo iba a poner tan fácil.

 

Siempre defendí el aborto, y sigo defendiéndolo. Pero a nivel personal, siempre pensé que no recurriría a él. No porque lo vea como algo malo, sino porque soy de estas personas que evitan las hormigas al caminar, se sienten culpables al pisar accidentalmente un caracol, prefieren ponerles nombres que trampas a los ratones que invaden su casa y bromea con las arañas con las que convive por no compartir el alquiler. Respeto la vida sea cual sea la especie o el cuerpo que ha escogido para manifestarse. Me siento fatal cuando ocasionalmente como carne.

 

En fin, soy un puñetero desastre que no consigue lidiar con tener derecho de vida o muerte sobre otro ser vivo. Así que decidir abortar era un reto personal con el que preferiría no haber tenido que lidiar.

 

Escojo decir que maté a mi bebé. Escojo estas palabras crudas, no con intención de herir ni señalar indirectamente a nadie, sino porque es así como me siento. Es así, con toda esta dureza hacia mí misma, como mejor retrato el dolor y la valentía que me supuso.

 

 

Nuestros últimos momentos juntos

 

Fuimos a un primer parto juntos, al que no llegamos a tiempo. Y mientras mi compañera le pisaba por autopista, yo sostenía una bolsa de plástico delante de mí por las náuseas. Les acompañamos telefónicamente porque todo fue muy rápido. Esta familia no sabía de mi embarazo y yo sonreía por dentro al imaginar desde fuera la imagen de cómo ellos recibían a su bebé hablándonos por teléfono mientras yo me centraba todo lo posible para no vomitar en cada curva. ¡La vida es magia!

 

Fuimos a un segundo y tercer parto juntos, ambos muy cercanos en el tiempo y ambos relativamente largos. Recuerdo que el cansancio me pasó factura y, tras los nacimientos, volví a casa especialmente agotada. La emoción que siempre está al presenciar la llegada al mundo de un bebé se hacía especialmente intensa. Y varias veces, en estos dos partos, no pude reprimir el impulso de acariciar mi barriga creciente y soñar con un futuro que mi bebé y yo no tendríamos.

 

Fuimos a la playa, en uno de estos días en los que parece que el verano no quiere irse. En bañador, mi embarazo era evidente. Una de mis amigas, ya muy embarazada, y yo, ya no conseguíamos abrazarnos cómodamente al chocarse nuestras barrigas. Me metí en el mar y con las manos bajo el agua, me acaricié la tripita. Pensé que los dos estábamos sumergidos, mecidos por las olas de la Madre Tierra.

 

Fuimos al último parto juntos. Sabía que no habría más. Era el parto de mi amiga. Ella sabía que estaba embarazada y que abortaría. Me alegré por ella cuando me avisó de que estaba de parto, muchísimo. Pero cuando me subí al coche, sabía que había llegado el momento, que pronto no podría alargarlo más, que vivíamos nuestros últimos días juntos…

 

 

Relato de aborto

 

Escogí el 1 de noviembre. Estaba de 11 semanas. Mis niñas estaban con su padre. Mi compañera y amiga disponible para atender el teléfono en caso de que una de las mujeres que recién habíamos acompañado en sus partos necesitase ayuda en su postparto. Valle estaba disponible para acompañarme a mí y a mi bebé en nuestro viaje de despedida.

 

Cinco de la tarde, tras haber acomodado el espacio, me puse las primeras 4 pastillas de misoprostol. Sola, como lo deseaba. Había asumido que iba a matar a mi bebé. No quería delegar esta responsabilidad en nadie. Quería despedirme a solas, pedirle perdón una última vez, en la intimidad de nuestros dos cuerpos unidos en uno mismo.

 

Me tumbé, lloré, esperé las primeras contracciones. No venían. Empecé a emparanoiarme con que no funcionaría, que tendría que ir al hospital, que me harían un legrado y ni siquiera podría recoger a mi bebé para verle y despedirme…

 

Me puse una peli para intentar distraerme. Pasaron 4 horas, todavía no ocurría absolutamente nada. Así que me puse la segunda dosis, y otra peli. Cuando acabó, tenía unas molestias muy leves, casi imperceptibles. Puse la playlist que había preparado para la ocasión y empecé a bailar.

 

Bailé sin parar durante un buen rato, bailé con mi bebé, justo tal y como me gusta hacerlo con mis dos hijas. Valle todavía no había subido a verme, le había dicho que la llamaría cuando quisiera tenerla cerca. Bailé y bailé y en uno de mis movimientos, noté como empezaba a sangrar. Esperé a que acabara la canción antes de ir a comprobarlo.

 

Efectivamente. Había empezado. Me puse una compresa porque quería seguir bailando mientras el cuerpo me pedía movimiento. Avisé a Valle de que empezaba, pero aún era pronto para que viniera.

 

Seguí bailando hasta que las contracciones me dieron náuseas. En ese momento, empecé a sentir que quería cueva. Cerré las cortinas, encendí la chimenea, aunque no hacía frío. Enchufé la guirnalda de luces. Puse incienso, encendí velas y me tumbé en el colchón que había bajado frente a la chimenea. Ya no quería bailar. Seguía con la música, empecé a cantar. Me ayudaba en las contracciones.

 

No recuerdo muy bien en qué momento llamé a Valle. Ya no quería estar sola. Tenía miedo a lo que estaba haciendo, y miedo a que no funcionara. Sentía que las contracciones no estaban siendo muy fuertes, ni muy regulares.

 

Me acarició, me cuidó, me tranquilizó, se encargó de que la casa estuviera caliente. Me propuso varias cosas distintas de comer y nos reímos al ver como ciertos alimentos que siempre me encantan me producían auténtico rechazo en ese momento. Estaba a mi lado y me sentía más fuerte. Pero otra vez pasaron 4 horas y esto no despegaba.

 

Así que fui a ponerme una tercera dosis. Aproveché para hacerme un tacto. Confirmó lo que me temía: las contracciones no estaban siendo muy eficaces. Dos centímetros. Salí del baño y se lo conté. Era ya bastante tarde. Nos pusimos en la cama. A veces las contracciones se intensificaban, pero no duraba mucho rato. Agradecía infinitamente su presencia y su cercanía, pero también me sentía observada, me cohibía a mí misma. No me atrevía a gemir ni moverme de esta manera tan íntima. Intentamos dormir, pero no lo conseguía.

 

En un momento de la noche, recibimos un mensaje de la pareja de Valle, su bebé la necesitaba. Le dije que bajara y no se preocupara, claramente, la intensidad había bajado mucho. Antes de que se fuera, le pregunté si, pasadas las 4 horas desde la última dosis, ella se pondría una cuarta. Todas las recomendaciones que había leído eran de máximo 3 dosis. Me dijo que no lo sabía. Que me apoyaba en lo que yo decidiera.

 

Se fue, esperé un rato más. Habían pasado 4 horas. Decidí arriesgarme, me hice otro tacto y me puse las últimas 4 pastillas. Apagué todas las velas y la guirnalda, me quedé en total oscuridad. Me metí en la cama sin mucha esperanza y me dormí.

 

 

Última recta en intimidad

 

Media hora más tarde, me despertó una contracción claramente más fuerte. Me senté. A los pocos minutos vino otra, me puse de rodillas encima de uno de los empapadores que Valle había puesto en la cama. Esta vez sí, iba en serio.

 

No sé cuantas contracciones pasaron. Mucho más intensas, gimiendo. Parecía que estaba de parto y aunque todavía me lo imaginaba largo, ya no faltaba tanto. En una de estas contracciones, se rompió la bolsa y creo que, a la vez, también me hice pis. Y automáticamente, sentí como se desplazaba mi bebé. Sabía que saldría en la siguiente contracción. No veía nada y ahora, echaba de menos una luz tenue para ver llegar a mi bebé. Pero sabía que no me daría tiempo a llegar al interruptor. Así que agarré el móvil, lo puse boca arriba en el colchón y encendí la pantalla.

 

Llegó la siguiente contracción y salió. Cayó entre mis piernas junto a su placenta y unos cuantos coágulos de sangre. Y en este acto de caer, su cabecita y su diminuto brazo derecho se movieron, como si se desmayara en ese momento.

 

Obviamente no era así, ya estaba muerto, fue un simple movimiento debido a la gravedad. Pero me asaltó el pánico. Me quedé sin aliento. Por un segundo creí que tenía que hacer algo para reanimarle, para salvarle. Pero no había nada que hacer y rompí a llorar desmesuradamente. La sensación fue tan fuerte, tan impactante, me atravesó por completó y sacudió todo mi cuerpo. Me sentí tan impotente, tan sola, tan culpable…

 

Lo cogí en mi mano y la cerré. Para tenerle cerca, pero también para no verle más. No quería verle sola, necesitaba urgentemente no vivir esto sola. Sentir que alguien me sostenía a mí para poder, yo, sostener lo que enfrentaba.

 

Cogí el teléfono y llamé a Valle que vive en frente de mi casa. No me lo cogió. Volví a llamar. Otra vez silencio. Llamé una y otra vez, en pánico. Llamé también a María, si estaba despierta, podía ir hasta casa de Valle a buscarla. Pero dormía. Volví a llamar a Valle. Al cabo de unas llamadas, me lo cogió. Sólo pude decirle entre sollozos que viniera, que la necesitaba. Solté el móvil, aliviada.


En todo momento supe que me lo acabaría cogiendo, que simplemente tenía que insistir, que ella estaba recién dormida y agotada de pasar la noche en vela conmigo. Y así fue, su pareja oyó el teléfono y la avisó.

 

 

Conocer a Nogal

 

Cuando pasó por la puerta, se encontró la casa a oscuras. Le dije algo como “ya está aquí, enciende la luz”. A mí en ese momento, me daba igual una luz que otra, pero ella buscó una luz que no fuera agresiva, y a posteriori, se lo agradezco.

 

Cuando encendió, se sentó a mi lado. Y cuando tuve la certeza de que estaba mirando mi mano cerrada, la abrí despacito. A las dos se nos escapo un sonido de admiración. Yo le había entrevisto rápidamente. Pero ahora le descubría.

 

Era tan bonito, tan pequeño. Tan diminutamente perfecto y detallado. Me invadió una ternura inmensa. Era un niño. Y su mano entera cabía abierta, diminuta en la yema de mi dedo. Sus pies eran minúsculos, y muy finitos, pero ya con todos sus deditos.

 

Parte de su piel se había despegado de su cabecita, pero no sangraba. Se veía un hematoma, y poco a poco su tronco se iba oscureciendo de sangre derramándose dentro de él. Estaba muerto y yo solo podía acariciarle, transmitirle confianza en este abandonar su cuerpo hacia otro mundo.

 

Tuve que reprimir el impulso loco de querer volver a colocarle dentro de mí, como si eso fuera a cambiar algo.

 

Le besé, le cogí muy cerquita de mí, no quería separarme de él. Aunque en un momento dado, vi la ternura en la mirada de Valle mirándole. No le daba asco, no le provocaba rechazo, todo en su miraba transmitía cariño y admiración… Le pregunté si quería cogerle. No quería que se sintiera obligada, pero en el fondo, me hacía ilusión entregarle mi bebé. Disfruté viendo cómo lo manipulaba, delicadamente, con infinito respeto y dulzura. Me sentí agradecida de haber tenido conmigo tan linda acompañante.

 

Nació a las 5 de la madrugada del día 2 de noviembre. Valle se encargó de que estuviera cómoda en una cama limpia, de que bebiera y comiera algo, de que mis hijas llegaran un poco más tarde, de que tuviera calor, de aliviar los entuertos, de que nadie me llamará o escribiera y pudiera dormir unas horas junto a mi bebé.


despedida aborto


Presentárselo a sus hermanas

 

Me desperté unas horas más tarde, Valle se había ido a su casa pero no tardó en volver a cuidarme. Poco después, mis hijas regresaron a casa. El día anterior, les había explicado la situación y mi hija mayor (de 4 años) me dijo que quería estar conmigo cuando saliera el bebé, me dijo que quería verle, conocerle. Así que le había prometido que le fotografiaría para enseñárselo.

 

Al haberse alargado tanto el aborto (12 horas en total desde la primera toma hasta que nació), cuando ellas regresaron a casa, yo todavía necesitaba tiempo con Nogal, no estaba lista para despedirme de él, no estaba lista para que estuviera en otro lugar que entre mis manos o contra mi pecho. Agradezco haberme permitido este tiempo.

 

Cuando llegaron a casa, la primera cosa que me preguntó mi niña era si ya había salido el bebé. Le dije que sí y me respondió automáticamente que quería verlo. Le pregunté si quería verlo en foto o de verdad. Me dijo que primero una foto. Escogí la menos impactante y antes de enseñársela, le dije lo que vería.

 

Su reacción me demostró una vez más la inocencia en la mirada de los niños. Todavía no están contaminados por los prejuicios y miedos de los adultos. Ella simplemente emitió un gemido de ternura al verlo y con los ojos brillantes, casi instantáneamente soltó “¡Quiero verle!”

 

Entré en casa con ella y se lo enseñé, me hizo muchas preguntas y quiso cogerle. Le transmitió amor y cariño. Me conmovió e impresionó su madurez emocional, la ternura con la que miraba a su hermanito.


madre e hija aborto


Mi hija pequeña, en cambio, estaba algo incómoda y, aunque nada asustada, prefirió no verle mucho. Respeté su decisión y dejé que jugara por su cuenta, como le apetecía.

 

Horas más tarde, cuando me sentí preparada, fuimos las tres juntas a despedirnos de él, bajo el nogal que tenemos delante de las ventanas, cerca de la cala dónde un año y medio antes, había enterrado a Lilith.

 

 

Transformarlo en algo bonito

 

La soledad que sentí y aún sigo sintiendo muchas veces me dejaron muy marcada. Agradezco infinitamente a Valle que haya estado a mi lado en esta vivencia. Que me haya animado a vivirlo como quería y no como una fatalidad. Que me haya escuchado antes del proceso, que haya dado espacio a que barajara todas las posibilidades y cambiara de idea todas las veces que necesité hasta tenerlo claro. Agradezco que nos hayamos preparado juntas para esto con la misma dedicación que si fuera un parto. Agradezco que me haya dado la mano durante el aborto, y que me siga dando espacio a hablar de ello, meses después, cada vez que siento el hueco vacío de mis entrañas.

 

Gracias a su apoyo reivindico mi derecho al duelo, aunque haya decidido libremente abortar.

 

Poco después de esta vivencia, sentí el impulso tremendo de transformarla en algo bonito. Decidí empezar a crear la sección de Aborto de esta web y ofrecer mis servicios para el acompañamiento emocional de vivencias similares. Cada mujer que me contacta y agradece mi acompañamiento me hace sentir que Nogal sigue conmigo, creciendo y aportando su granito de arena a este mundo.





Clém, Marzo 2024

Escrito 4 meses después del aborto

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