Valle

Empezando desde el principio... mis padres acompañaban partos en casa en Asturias y alrededores cuando yo nací y eso me dió la oportunidad de estar presente en partos desde muy pequeña. Nunca tuve dudas de que el parto en casa sería el centro de mi profesión y desde la adolescencia empecé a ojear antiguos libros de obstetricia de mis padres, a leer a Sheila Kitzinger, a sumergirme en las fotos de Leboyer, a traducir Spiritual Midwifery.

Empecé medicina en 2005 y en tres meses me dí cuenta de que en ese título yo sólo buscaba poder. Poder para auto afirmarme, poder para no someterme, poder para defender lo que creo que es justo con autoridad, poder para seguir respetando el tiempo, la intimidad... Hasta en un ambiente estéril de hospital. Poder para devolverlo a su lugar, a quien acompaña con cariño, a quien da a luz, a quien nace. Me dije a mi misma que si no era en España ya encontraría mi lugar donde la profesión de matrona, comadrona, partera... fuera respetada por lo que es en sí misma, un acto de acompañar y de admirar el poder de una mujer que da a luz vida. 

Decidí que al final de mi formación quería ser un profesional de la salud y no un profesional de la enfermedad, quería actuar desde la confianza y no desde el miedo y pasé varios meses pensando en cuales eran mis opciones de formación mientras acababa ese primer y último año de medicina. 

Escogí estudiar enfermería. Absorbí información, memoricé y memoricé para estar un paso más cerca de formarme como matrona, quise hacerlo todo deprisa anhelando llegar a la siguiente fase y en 2008 tenía un papel bajo el brazo que esperaba no tener que usar.

 

Pronto empecé de nuevo mi búsqueda de la formación ideal y debido a malentendidos propios de quien aún no conoce bien el tema pensé durante 9 meses que mi única opción de empezar matrona ese año era prepararme el EIR (prueba de de acceso a la especialidad de matrona en España). Y así lo hice. Para mi fortuna no conseguí plaza, lo que me hizo volver a investigar mis opciones fuera de España y eso abrió un nuevo mundo ante mi.

 

En Abril del 2009 estaba en Inglaterra y el 15 de Febrero del 2010 estaba sentada en la primera clase de mi formación de matrona. Estudié durante un año y medio en una universidad de Londres, City University, e hice prácticas en Newham Hospital, un hospital con muchísimos nacimientos al año para la escasa superficie de Londres que cubre. Era y es un hospital donde la diversidad cultural es maravillosa, seguramente uno de los mejores sitios de Europa para observar a mujeres de todo el mundo dar a luz, pero también una zona empobrecida donde mucha gente vivía hacinada y en escasez, donde mucha gente se encontraba en un país nuevo y sin apoyo, sin grupo, sin manada que los arropara en el proceso de formar una familia. Acompañar a esas mujeres, en su ilusión o indiferencia por traer esos niños al mundo, conocer sus expectativas, sus creencias, su relación con sus parejas, entrar en sus casas, su vida, su mundo... era una experiencia impactante, enriquecedora. Observarlas de parto, sus rituales, su manera de expresarse, su manera de vivir la intensidad del mismo, aprender a leer en sus gestos, sus miradas, cuando acercarme, ofrecer mi mano, tomar distancia... han sido las lecciones más valiosas de mi formación. 

 

Estudiar en Inglaterra me permitió ser respetuosa con mis creencias, me sentí responsable y autónoma en mi profesión, respetada en mi manera de trabajar y encontré otras matronas que pensaban igual que yo, que me incitaban a analizar por qué hacía cada una de las cosas que hacía en mi práctica. Tuve grandes maestras, que trabajaban con consciencia y conciencia, que miraban a los obstetras a los ojos. 

 

Cuando acabé la formación aproveché uno de los meses de papeleos para hacer voluntariado en un hospital de Kenia. Lo que esta experiencia supuso ya no lo sé expresar en palabras. Me llevó al límite, me hizo ver las cosas desde el extremo e increíblemente infundió una tremenda confianza en mí misma. 

 

Al volver a Londres empecé a trabajar como matrona en Newham rotando por diversas zonas y teniendo mi primera oportunidad de estar de guardia para acompañar a la matrona que atendía partos en casa. Una vez más recordé la belleza de ver a una familia de parto en su propio ambiente, el placer de ser un invitado en su casa, vi las reacciones de los hermanos mayores, vi a las mujeres amamantar embriagadas en su propia cama... y me parecieron cada uno de ellos absolutamente únicos de un modo que no tenía cabida en un hospital. 

 

Un año más tarde tuve una oferta de trabajo en Devon, una zona mucho más rural y afín a mi, en el cual era evidente que el trato era más respetuoso y los tiempos más respetados que en un ajetreado hospital de Londres, y me mudé. Allí trabajé durante cuatro meses haciendo seguimiento completo de un grupo de 40 mujeres durante todo el embarazo y el postparto, con guardias en partos, en la casa de nacimientos y en partos en casa. Aunque era casi lo más cerca que podía estar de mi sueño dentro del sistema sanitario, seguir su ritmo se volvió agotador y me sentí atada. Atada porque las visitas antenatales eran de 15 minutos y acarreaba retrasos impensables, atada porque quería garantizarles a esas mujeres que iba conociendo tan bien que sería yo quien las acompañara en el parto, pero no estaba permitido, seguían viviendo la misma lotería de profesional que cualquier mujer en el hospital aquí. Las limitaciones en la evidencia científica patentes en los protocolos empezaron a obsesionarme y me dí cuenta de cuán limitada estaba mi profesión por creencias y costumbre. Llegué a estar tan agotada que pensé en cambiar de profesión, pero fue esa etapa la que me dio el empujón que necesitaba para darme cuenta de que ya estaba al final del camino, de que ya nada me impedía hacer lo que siempre había querido hacer. Hice una maleta con todo lo aprendido y volví a Asturias.

 

Volví a casa el primer día de primavera del 2013 y después de unos meses de asentamiento y recuperación empecé a soñar con la nueva etapa en la que entraba. Empecé a acompañar partos en casa en Septiembre y me regodeé en mi libertad de hacer consultas de dos y tres horas, de prometer mi presencia, de trabajar con placer. Después de tanto correr, reinicié mi vida donde empezó, feliz de sentirme en el lugar correcto, con la gente correcta, cumpliendo mi sueño cada día. 

Con el paso del tiempo, y mis propias experiencias como madre, he cambiado tanto como lo ha hecho mi vida. Tengo dos niños hermosos que han perfilado mi entendimiento de la maternidad, tengo la experiencia propia de dos bellos partos autogestionados en el calor de mi hogar (Nace Martín y Nace Mateo) y tengo el aprendizaje de las aventuras que he vivido acompañando a diversas parejas, en el disfrute y en la adversidad. 

La vida me ha cambiado el punto de vista. Me he dado cuenta de hasta qué punto nos transforma ser madres... de cómo se ven las cosas diferentes en primera persona, de cómo el miedo aprieta, la responsabilidad empodera y a la belleza le faltan palabras. 

 

Llegué a Asturias siendo una matrona "a la inglesa", bien impregnada aún por la formación. Y poco a poco he ido viendo lo clínico como una herramienta que raramente debe ser utilizada, he puesto el foco en confiar plenamente y transmitir esa confianza a quien acompaño, dejando que vea de lo que es capaz. Cada vez siento con más fuerza que no es parte de mi profesión meter miedo a la gente, cada vez me siento más aliada de las decisiones que las parejas toman para sus vidas, cada vez me apetece ser un poco más invisible y acompañar el silencio.

Ahora sé que las mujeres no me necesitan, que acompañándolas en casa no las salvo de un parto hospitalario, sino que cada uno estamos en un punto concreto en nuestra vida, que todos tenemos que vivir determinadas experiencias para entender en profundidad hacia dónde queremos caminar. Mi labor es acompañar a cada cual en su propio viaje. 

Y desde que vivimos en primera persona el caso de Oviedo, siento que nuestra labor es llegar a más gente para que quien escoge parir en el hospital no lo haga sumisamente. Para que el sistema se de cuenta a la fuerza de que están dando los últimos coletazos de partenalismo y abuso de autoridad. Que no vamos a esperar a que el sistema cambie y bendiga los partos que queremos allá donde los queramos, sino que vamos a reclamar nuestros derechos hasta que no les quede otra opción que escuchar, y ocupar el lugar que le corresponde, al servicio.

Valle, Marzo 2020

¿Tienes alguna duda?