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Inicios de Clém

Recuerdo, de bien pequeña, estar fascinada por los partos. Los buscaba por todas partes: en las películas, en los libros, en cada juego inocente con mis amigos del pequeño pueblo francés en el que me crie. Me pegaba a las mujeres que me rodeaban desde el momento en que sabía de sus embarazos con la esperanza genuina de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. Pero mis padres, enfermeros los dos y quemados por trabajar en un sistema totalmente deshumanizado, siempre nos dijeron a mis hermanos y a mí que ni se nos ocurriera trabajar en un hospital.


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Formación y experiencia previa


Crecí pues, en una familia más bien poco alternativa y creyéndome que acompañar partos era algo de los hospitales y que, entonces, no era buena vía para mí. Y en parte tenían razón: ni loca podría hacer esto en un hospital. 


Me pasé la adolescencia fantaseando con vivir un embarazo y un parto lo antes posible pero como resulta que se me daba bien estudiar, me metí entre ceja y ceja que primero tendría que tener una profesión. Con 17 años les comuniqué a mis padres mi intención de estudiar enfermería pero me disuadieron con mucho empeño. Barajé entonces estudiar un módulo socio-sanitario con la intención de acompañar a mujeres embarazadas en situaciones de exclusión social. Pero tras investigar el temario, me di cuenta de que estaba repleto de rigidez, paternalismo y que la mayor parte del trabajo se iba a resumir a entrevistas para realizar papeleo administrativo. Había que ser resolutivo y desvincularse emocionalmente de las personas que teníamos en frente. No iba conmigo. 


Sin saber muy bien por donde seguir, entré en la universidad estudiando la lengua y cultura hispánica, sin mucha convicción, simplemente por seguir en el sistema educativo y porque se me daba bien. Poco a poco fui recorriendo el camino que me llevaba inevitablemente a la enseñanza del castellano en mi país de origen. 


Pero en mi último año de licenciatura, en 2010, me vine a Asturias, de Erasmus, y conocí al que sería, años más tarde, el padre de mis hijas. Las casualidades de la vida me habían llevado hasta él y, por ende, hasta mi camino a la maternidad y todo lo que supuso a posteriori.


Cambié de rumbo y decidí estudiar dos años más para poder dedicarme a la enseñanza de mi lengua materna aquí en España. Con el título recién sacado, empecé mi viaje hacia la desilusión por la enseñanza. Trabajé primero en institutos, luego en academias y los últimos años por cuenta propia, interviniendo con alumnos particulares, en empresas, en la universidad... Pero no importaba por donde lo cogía, el peso del sistema siempre estaba aquí: había que formatear al alumnado, hacerlo encajar, enseñarle absurdeces para cumplir con programaciones didácticas absolutamente desconectadas de las necesidades comunicativas reales. 


Cuando por fin me quedé embarazada, ya estaba quemada de tanta enseñanza.



Mi primer parto, un viaje iniciático


Mi primer embarazo duró 10 semanas y resultó en un aborto gemelar espontáneo. Se dice muy pronto y refleja bien poco todo el aprendizaje que saqué de ahí. Con esta experiencia me di cuenta de que no podía parir en un hospital, que necesitaba un entorno seguro, un trato respetuoso y amoroso. Y reconecté con mis fantasías adolescentes de parto en casa. Estas cosas que, como me habían inculcado, eran de 4 locas alternativas y eran muy pero que muy, muy, muy peligrosas.


Me quedé embarazada de nuevo y como buena loca irresponsable, me empeñé en que quería parir en casa. Mi pareja no estaba tan convencido como yo, pero tras conocer a Valle, se subió entusiasmado al barco de mi locura. Recuerdo este embarazo como el periodo de mayor crecimiento de mi vida. Partía de muy lejos, era una ignorante y los prejuicios acerca del parto en casa habían abonado toda mi vida. Pero daba igual, bebía cada palabra, me empapaba de información, descubría un mundo nuevo y, por fin, por primera vez en mi vida, hacía algo con convicción y la certeza profundamente enraizada de que era lo correcto.


Todo me predestinaba a tener un maravilloso parto en casa. Pero la vida tenía otros planes para mí y reventaron mi primer parto a base de orden judicial, violencia obstétrica y cesárea. Lo cual sigo sin poder agradecer a día de hoy aunque reconozco que la experiencia, por traumática que fuera, fue otra semilla más en mi camino hacia la partería.


Tras mi parto, me recompuse como pude y parte de la sanación ha sido el activismo. Nació Parir en Libertad y yo me dedicaba a leer una y otra vez acerca de todas las complicaciones que se podían dar en un parto. No tanto por patologizar el embarazo y el parto sino para saber reconocer cuando hay realmente un problema, qué respuestas se suelen dar en entorno hospitalario y qué otras alternativas existen.


Necesitaba entender lo que me habían hecho y lo que podrían haber hecho distinto. Necesitaba que nadie más pasase por lo mismo. Me pasé dos años escuchando a otras víctimas de violencia obstétrica, leyendo protocolos hospitalarios, estudiando guías clínicas, investigando la evidencia científica, elaborando estrategias y buscando salvoconductos para poder evitar los abusos de un sistema enfermo y paternalista. Siempre con el mal sabor de boca que me dejaba la sensación de llegar demasiado tarde. Ayudé a victimas de violencia obstétrica en su camino de sanación, sí, pero lo que realmente quería era que ninguna mujer más pasara por esto.



Parir, por fin, para renacer


Si no fuera por como se dio mi primer parto, probablemente no habría nacido nunca mi segunda hija. Yo no planeaba tener más de un bebé. Pero la obsesión por parir era tal que, finalmente, decidí volver a lanzarme.


Durante dos años, nunca me pude desvincular del parto en casa. Asistía a cada encuentro de familias, cada charla relacionada con el parto en casa, cada quedada con Valle y otros miembros de Dar a Luz era una nueva oportunidad de seguir aprendiendo, de fantasear con algo que no asumía: quería acompañar partos en casa. Pero ¿Quién era yo para acompañar partos en casa? ¡Si ni siquiera había tenido un parto vaginal!


Mi segundo embarazo ha sido clandestino a ojos del sistema. Nadie sabía de mi embarazo y no me hice ningún tipo de prueba o seguimiento a parte del que me hicieron en Dar a Luz. Pero esto no significaba irresponsabilidad sino todo lo contrario: yo me hacía responsable de absolutamente todo. Tenía que observar, investigar y decidir yo. Era hora de poner en práctica, conmigo misma, todo lo aprendido y seguir aprendiendo más y más cada día.


Y cuando por fin nació mi segunda hija, me di cuenta de que sí, podía hacerlo. Podía acompañar partos en casa. Me faltaba muchísimo por aprender, pero podía hacerlo, podía con todo. Me había empoderado tanto que ya solo me faltaba esperar a que se diera el momento oportuno.



Entrar en Dar a Luz


Y la vida no se hizo esperar mucho. Mi segundo parto fue el último que Valle acompañó antes de hacer una pausa de partos y su compañera de entonces buscaba con quién acompañarlos. 


Recuerdo el día en que le dije que quería sumarme al harem de mujeres interesadas en acompañar con ella. Estábamos en un parque y mientras nuestras hijas jugaban, le pedí por favor que no me tuviera ningún favoritismo y que, por el bien de nuestra amistad, no me eligiera a mí sino a la persona con la que mejor se sentía para acompañar partos. Estaba convencida de que tendría en su entorno personas con un perfil mucho más adecuado.


Sin embargo, tras un primer periodo de formación junto a otras personas, finalmente me dijo que quería trabajar conmigo. Esta noticia llego en un momento muy complicado de mi vida personal: mi vida entera acababa de desaparecer en el incendio de mi casa, tenía una hija de 3 años y un bebé de 9 meses y me estaba separando de su padre. ¡Y fue mi salvación!


Con este trabajo, sentí que seguía mi instinto, que hacía lo correcto sin importar lo que mi entorno considerara al respecto. Con este trabajo, perdí mi complejo de inferioridad por no saberlo todo porque comprendí que ninguna carrera, ningún título me iban a asegurar el suficiente conocimiento como para enfrentar cualquier situación, puesto que cada una de ellas es única. Desde la humildad entendí que este trabajo va de escuchar, leer, investigar, cuestionar, volver a investigar, escuchar la intuición, compartir, respetar y confiar. Entendí que este trabajo es una formación continua, sin punto final. Y que la mejor manera de seguir aprendiendo, es practicando.


Unos meses más tarde, mi compañera se quedó de baja por maternidad y empecé a acompañar con María, pero sin paracaídas, asumiendo cada vez más responsabilidades, enfrentando nuevos retos, y creciendo más y más. Sentí la llamada de la diversificación y decidí informarme y ofrecerme también para acompañar abortos. 


Actualmente, profundizo mi formación con Valle llevándola conmigo a algún parto para que me observe y de la oportunidad de mejorar. También voy aprendiendo de su experiencia observando como acompaña ella partos autogestionados. Acompaño sola, con Carmen o con Valle, según las circunstancias. Y sigo trabajando en la elaboración de nuevos servicios relacionados con la maternidad.


Desde hace algo más de dos años, trabajo formándome y me formo trabajando. Cada familia, cada consulta, cada encuentro, cada parto, cada visita postparto, cada aborto, cada charla, cada tarea es la oportunidad de descubrir más. Es placer y crecimiento continuo. Son muchos retos y ocasiones de poner a prueba los nervios, pero sobre todo, es un sinfín de oportunidades de replantearse la vida desde otra perspectiva, de constatar que no sabemos nada, pero en el fondo, muy escondido, si nos escuchamos atentamente y nos respetamos por encima de toda norma social, ya lo sabemos todo.



Clém, Escrito en 2023

Revisado, Enero 2024



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