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Rosa, relato de aborto

Aborto espontáneo, Febrero 2021


Un año y medo antes de quedarme embarazada tuve un sueño. Un sueño muy nítido del que me desperté recordando cada detalle, cada sensación.


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El sueño


"Soñé que estaba de parto y entre contracciones bromeaba sobre cuándo era el último momento para enterarse de que se estaba embarazada "¡de parto!". Y es que en propio sueño recordaba no estar embarazada hace unos días. Las contracciones se hacían intensas, me refugiaba en una habitación oscura y redonda. Pero cuando el bebé estaba a punto de nacer salía a la habitación principal, llena de ventanales mirando al sol, en un piso muy alto en medio de las nubes. En esa habitación había varias personas, todas mujeres excepto mi pareja, que observaban en silencio, con respeto y distancia.


Sobre una alfombra roja y frente a un espejo, de pie, paría a un bebé al que, en cuanto recogía en mis brazos, se transformaba en una mujer, adulta, que me miraba a los ojos. Me dijo que yo pensaba llamarla de otra manera, pero que su nombre era Rosa (curiosamente es el nombre de varias de mis ancestras por la línea de mi abuela materna, incluida ella). Me dijo que no había venido para quedarse, sino para traerme el mensaje de que los de arriba no estaban contentos con que desviara las aguas de su curso en los partos aunque fuera con la intención de proteger o salvar. Y delante de mí se disolvió en polvo que, curiosamente, para irse se fue por donde había venido, por mi canal de parto y hacia el cielo."



Mi deseo de tener una hija


Algo dentro de mí siempre quiso tener una niña, no sabía explicar por qué pero, después de tener dos niños ese deseo se había hecho aún más patente. En los meses que siguieron al sueño barajé muchas veces si quería tener otro bebé, y cuánto deseaba que fuera niña.


Pero mi relación de pareja era intensa para mí, plagada de esfuerzo y de quejas abarrotando mis oídos. Y habiéndome sentido desbordada muchas veces en mis anteriores postpartos, no me animaba a repetir.



Un embarazo sorpresa


Las posibilidades de quedarme embarazadas eran realmente estrechas, sin embargo, así era. Tuve la sensación en el cuerpo de que iba a venirme la regla un par de veces, pero no lo hizo. Aún no se podía considerar retraso así que no le di importancia, hasta que unos días después, y de repente, me desperté sintiendo sin ninguna duda que tenía un bebé en mis entrañas.


Tuve un momento inicial de duda, era muy consciente de todos los baches por los que había pasado en mi relación de pareja. Pero las hormonas y la confianza cogieron fuerza y empecé a ilusionarme con la idea de tener otro bebé. Me aferré a la esperanza de que esta vez podíamos hacerlo mejor, podía vivir un postparto en plenitud, teníamos más experiencia.


No hice ningún test de embarazo, les tengo manía. No me gusta que ningún objeto me responda con sí o no a algo tan importante en mi vida. Sentía que estaba embarazada, el tiempo se lo demostraría a cualquiera que tuviera dudas. Yo, no las tenía.



Conectando con mi bebé, reconectando conmigo


Volví a escribir, como hacía hace años. Puse foco en mi cuerpo, en cuidarme, en darme espacio, en tomar una pausa, en tener tiempo para mí. Y en conectar con ese ser que tenía dentro, a quien sentía con mucha fuerza.


La relación con este bebé fue inmediata, sentía que nos conocíamos de antes, desde ese sueño, y me la había encontrado varias veces en mis viajes chamánicos. Sabía que estaba aquí para ayudarme, y tenía la intuición de que tal vez no había venido para quedarse.


No había tenido ningún aborto en mi vida. Nunca había tenido miedo a que un embarazo no siguiera adelante. Me rendí desde el principio, y acepté plenamente si decidía no quedarse. Y sabiendo que era una posibilidad sobre la que no tenía control, decidí disfrutar al máximo del embarazo.


En las escasas dos semanas en las que supe que estaba embarazada hice varios viajes chamánicos, la sentí germinar en mi vientre y poblarlo de la selva más densa. Hablé con ella de mi temor a que se marchara. Me dejó claro que con ella estaba gestando un cambio. Un cambio que continuó creciendo dentro de mí durante semanas y meses después de que ella se hubiera ido.



Sangrado marrón y una discusión cualquiera


Durante un parto que acompañaba, en mitad de la noche insomne, empecé a sangrar. Una manchita marrón, de poca importancia a mi ver, pero que me avisaba de lo que estaba por venir.


Volví a casa agotada por la intensidad del parto, por la falta de horas de sueño, con ese cansancio típico del primer trimestre y le dije a mi pareja que había tenido algo de sangrado y que me sentía exhausta.


Habíamos hablado varias veces de cuánto era de importante para mí sentirme cuidada y arropada en este embarazo y postparto. De cómo en los postpartos anteriores había pasado por encima de mis necesidades para cuidar de otros, incluido de él. De cómo me había sentido desbordada. De cómo no me había sentido cuidada por él. Y casi cada día de este embarazo le miraba a los ojos y le decía con una sonrisa llena de confianza "me cuidas, ¿verdad?".


Su respuesta a mi agotamiento y sangrado fue que él también se sentía agotado y que si podía encargarme yo, recién llegada del parto, de darle de comer a los niños. Le miré rabiosa y le dije que no.


Sentí un deseo tremendo de sentirme cuidada. De que alguien me mirara a los ojos y me entendiera sin que hicieran falta palabras. De que alguien me arropara, de que me pudiera abandonar con confianza en sus brazos. Pero en vez de eso me sentía fría y sola, con una persona a mi lado que no era capaz de mirarme en superficie sin confirmar primero cómo estaba su ombligo.



Deseé que no siguiera adelante


Aunque deseaba tener este bebé, aunque me sentía súper conectada con ella. Pero mi confianza en que esta vez podíamos hacerlo mejor se rompió.


Mi amiga Laura Sola me dijo unos días más tarde con una crudeza y claridad que agradecí infinitamente, que podía hacerme todas las ilusiones que quisiera, pero que estaba absolutamente segura, y que yo también lo sabía, que con mi pareja actual no iba a vivir una experiencia mejor.



Aborto


El día siguiente del sangrado marrón era el cumpleaños de mi hijo mayor. Martín cumplía 6 años, y teníamos a varios amigos en casa para la celebración cuando el sangrado pasó a rojo.


Tenía un ligero dolor de regla que no me impedía en absoluto disfrutar de la fiesta, y aunque me apetecía estar más acurrucada de lo normal no me molestaba la compañía. Todos los presentes eran personas con las que me sentía muy cómoda y pensaba que si el embarazo no seguía adelante las contracciones se harían en algún momento más intensas y pediría espacio.


Me puse la copa menstrual para recoger el sangrado y que mi bebé, de tan solo 6 semanas, no acabara en el W.C. Quería poder verla.


Pero las contracciones no aumentaron, fueron suaves y llevadera en todo momento y en una de las veces que fui al baño a ver si seguía sangrando simplemente la vi. Una bolita pequeña y transparente, en la que no se distinguía ningún bebé a ojo desnudo, pero que sin duda lo era, envuelto en una inmaculada bolsa de las aguas.


Invité a un par de amigas y a mi pareja a entrar al baño conmigo. La observamos juntos y en silencio. Así, sin ningún aspaviento, se había acabado.



Devolviéndola a la tierra


Guarde la sangre y la bolita en un recipiente, que días más tarde plantamos. La plantamos a los pies del mismo tejo en el que mis padres enterraron mi placenta cuando nací.


Acompañada de varias flores amarillas (mimosa, diente de león, narciso y prímula), con mis hijos presentes.


Fue una despedida dulce y sin pena. Yo sabía que era mejor así, que ella iba a seguir acompañándome sin necesidad de convertirse en mi hija.


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Gestación y parto invisible


Sentí que aunque su cuerpo se había ido había sembrado la semilla del cambio en mis entrañas, había removido mi caldero, y que algo muy importante seguía creciendo invisible a los ojos.


Un par de semanas tras el aborto sentí que se me estaba apagando la llama de la vida y era hora de echarle leña.


Menos de un mes después del aborto tomé la decisión que llevaba posponiendo durante varios años y me separé del padre de mis hijos.


Tres meses después del aborto dejé los partos para poner el foco adentro. Para cuidarme, para acompañar el cambio.


En numerosas ocasiones recordé de cuantas semanas estaría. Y con ella invisible de la mano gesté disfrute, recuperé identidad, destrocé la agenda, solté control, afiné la intuición y viví aventuras.


Sabía que a mediados de octubre, mi fecha posible de parto invisible, iba a ocurrir algo. El 13 de octubre volaba a Guatemala a reencontrarme con "un viejo amor", que se hizo nuevo. El padre de mi hija, Lume, que ahora duerme pegada a mi teta. La persona con la que he vivido el postparto que deseaba, cuidada y querida sin necesidad de palabras.


Gracias Rosa, por empujarme a vivir plenamente, por ayudarme a tomar las decisiones que templaron el invierno e hicieron rebrotar en mí la primavera.



Valle, Febrero 2024

Escrito 3 años después del aborto

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