Sobre nosotras

Época de cambios

 

La vida trae cambios, mueve mareas, viste y desviste los árboles, canta, llora y juega con exquisita ternura. La felicidad cala hasta los huesos cuando somos capaces de fluir con el agua, de rendirnos en las manos de la vida y dejar que con sabiduría guíe nuestros pasos a través de la intuición, que nos traen de vuelta a casa, hacia adentro. 

 

Hace unos meses una nueva ola sacudió mi orilla, un cambio que venía gestándose hace un tiempo sin haber sido reconocido por completo. Cuesta mucho romper la idea de familia cuando tienes hijos. Pero sentí que mi camino continuaba por otros senderos, más adentrados en el bosque, más hacia adentro, dándome el espacio y el cuidado que venía repartiendo alrededor sin dármelo a mi, soltando todo para poder caminar ligera. 

 

Y lo dejé todo. Dejé la relación con el padre de mis hijos, dejé el trabajo como matrona, dejé la agenda, dejé los planes, dejé la auto exigencia, dejé los "tengo que", los "ojalá", dejé lo que se esperaba de mi en un rincón, dejé los compromisos, los formalismos... Y me cogí a mi, enterita, con todos mis miedos, con todas mis certezas, con todos mis patrones, con todas mis fortalezas y empecé a atraer alimento a mi vida. Alimento en forma de autocuidado, en forma de personas, en forma de experiencias. 

 

Empecé a desoir el alboroto que me instaba a mantener las cosas como estaban, a seguir tropezando con las mismas piedras, a forzarme cuando mi cuerpo y mi alma me pedían juego, a frenarme cuando mi cuerpo y mi alma me pedían aventura. Y empecé a escuchar a mi intuición. A darme cuenta de que nunca me había fallado, del dolor que había causado desoirla tantas veces, y de la abundancia que traía a mi vida dejarme guiar por ella. 

 

El cuerpo después de forzarlo durante un tiempo deja de dar señales de alarma, como el niño triste que después de tanto ser ignorado deja de pedir ayuda. Pero cuando volvemos la vista de nuevo hacia dentro, cuando nos damos de nuevo voz y voto, espacio, cariño, paciencia, presencia... Nuestra niña interna, nuestra mujer salvaje, nuestra anciana sabia, sonríe y nos mira con ojos brillantes. Y no nos deja seguir negando lo innegable, no nos deja seguir haciendo como si nada, no nos deja seguir viviendo como lo hacíamos hasta ahora, y en cada tropiezo con la antigua forma de ser nos recuerda con firmeza que todo ha cambiado, que la vida ha rebrotado, que la primavera se despliega a nuestro alrededor después del largo invierno. 

 

La abundancia se despereza ocupando el lugar donde hubo escasez, despilfarro energía en esas pequeñas cosas que me llenan el corazón y entiendo que en vez de gastarse rebosa, me desnudo del vestido apretado que llevaba impregnado del sudor de mi frente y así, desnuda y salvaje, me baño en las aguas cristalinas de mi mente en calma. 

 

Busco, y constantemente encuentro, la plenitud, compartirme a vaso lleno, crear desde el gozo... no tengo intención de conformarme con menos. Ahora tengo el mapa, ahora sé reconocer las señales, ahora sé que puedo y me merezco manifestar mis utopías. Esta vida es un regalo, que cuanto más abro, más me gusta. 

 

Gracias a todas las personas con las que en estos meses he compartido, con las que he aprendido tanto, gracias a las cuales estoy plenamente aquí y ahora. 

 

Gracias mamá, gracias Julia, gracias Clem... Por ser guardianas de mi renacimiento, por haber estado estos meses cogiéndome la mano de día y de noche, por recordarme tantas veces mi verdad profunda, por escucharme durante horas y horas. Este viaje ha sido mucho más hermoso con vuestra constante compañía. Gracias por ser madres, hermanas, amigas, confidentes, maestras de la profundidad de lo femenino. No hay mayor placer que crecer juntas, en manada. 

 

Valle, Octubre 2021