Nacimiento consciente

Este es el texto rescatado que hace 24 años escribió mi madre, que sobrevivió el tiempo y llegó fotocopiado en un trocito de papel a mis manos.

Es un honor poder compartirlo ahora, sintiendo lo mismo, una generación más tarde.

 

Valle, Marzo 2017

"Yo, recién acabada medicina, venía de otro mundo, masculino, competitivo, mental, habitado de patologías...

Ellas me enseñaron... me enseñaron la fortaleza de lo receptivo, la salud, la sencillez, el coraje del amor, la plenitud de la VIDA expresándose en sus cuerpos.

 

Cada parto era una maravilla de la Tierra viva: volcán, mar desatado, tormenta, o algo pendiente con la brisa. No importaba su forma, todas traían el mismo mensaje del viaje a sus entrañas, a su esencia más íntima... Mensaje que abraza opuestos, que está más allá de toda división, que abriéndose al dolor lo transforma en placer, en gozo, en unificación, en éxtasis de pura vibración, en vida.

 

Comprendí, entonces, por qué los partos asustan, como asusta la naturaleza en su fuerza desatada, incontrolable... Comprendí porqué se quiso dominar el proceso, mecanizarlo, apoderarse de él... Hacernos sumisas, tumbadas, pies en alto, manipulables, árbol caído, sin raíces, del que todos hacen leña. 

 

Siempre me dolió que social y médicamente se nos engañara con tantos miedos, y la forma en que nos venden una preparación que nos saca fuera de nuestro ser, de nuestros vientres, y nos lleva a la cabeza, a la dependencia del profesional. Me duele nuestra mansedumbre de desconexión. Pero nuestro centro sigue ahí, en todas, por el solo hecho de ser mujer. Es nuestra sabiduría instintiva, la llevamos en nuestros genes, de abuelas y abuelas... En una cadena interminable que nos conecta con la madre primera, con la Tierra que vive en nuestros cuerpos. Esta conexión es nuestra llave perdida y nos permite integrar miedos, angustias, programaciones negativas, inseguridades, limitaciones y expandirnos como nuestro vientre de nueve meses, en la magia de un milagro.

 

Me dolió siempre que un momento tan sexual como el parto fuera tan poco respetado. El ajetreo, la falta de intimidad y la manipulación injustificada nos arrebatan el placer de sumergirnos en las oleadas del útero, y sin gozo sólo queda entonces la maldición...

 

Pero lo que más me dolió siempre, desgarrándome por dentro, fue esa separación... el anhelo de la madre tumbada, por su niño que se llevan ¡oh dios! para pesarlo, medirlo, lavarlo. Ese impulso frustrado de llevarlo a su regazo, tocarlo, reconocerlo y ofrecerle el pecho.

 

Todas las que hemos tenido hijos sabemos lo que es ese momento, donde el tiempo se detiene, y al perderte en la mirada de tu niño entras en otro universo. Universo de ojos profundos, interrogantes, inmensos, abiertos, que atrapan el corazón para siempre... Y su cuerpecito cálido con el olor a mar dulce, escurridizo y vibrante como la espuma de las olas que lo han dejado en la orilla. Nada hay comparable a este primer encuentro. Ese enamoramiento da endorfinas da para más de nueve meses, que harán del esfuerzo de criarlo, de las noches en vela, algo liviano.

 

Me duele también profundamente el llanto del miedo del bebé que no entiende. Su profunda contracción, el vértigo, el pánico de caer en el vacío... ¿Reflejos? Treinta años desde que Leboyer nos puso en la piel de ese bebé, nos señaló la herida. Pero qué difícil de asumir... abrirnos al dolor de ese bebé es abrirnos a nuestra propia angustia vital, nuestro dolor de aislamiento y separatividad. El enfocar con honestidad los engaños o apaños mentales, los personajes que hemos creado para distanciarnos y acallar su resquemor... Nos asusta nuestro dolor, nos da miedo y los enterramos en la sombra de nuestro inconsciente... nos asusta como un bebé le asusta entrar en esta vida sin Amor.

 

¿Qué nos pasa a las mujeres? Deseamos el reconocimiento, la igualdad, pero nuestro poder va más allá de los valores masculinos que imitamos. A veces como Atlanta nos cortamos el pecho, los sentimientos, el cerebro derecho, para no ser vencidas... y sin embargo nos dejamos hacer sumisas y nos roban nuestro parto, el momento más intenso y poderoso de nuestras vidas.

 

Solo necesitamos reclamar pequeñas cosas... como movernos con libertad en la dilatación, con un profesional que observe sin interferir innecesariamente. Y dejarnos en el expulsivo verticales, sueltas, conectadas con nuestro instinto (y no con las órdenes que vienen de fuera...) la tierra, la gravedad empujando también a través nuestro para que ese niño nazca. Ella nuestra madre primera es la que nos enseña el oficio, el arte de ser madre, de dar luz, arropar y nutrir... Ella es la Vida expresándose a través de nuestros cuerpos."

 

María José Rodríguez Arias, 1994

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