María

Estar embarazada fue un viaje lleno de alegrías y miedos hacia lo que ahora es un proceso continuo de autoconocimiento y aprendizaje personal, siendo algo que nunca había sido hasta ahora, mamá.

Un proceso y una transformación de mi vida con una gran carga emocional. 

 

Han sido los momentos de mi vida en los que más sensible me he sentido y los he vivido acompañada de dos maneras diferentes.

 

He vivido dos partos. Dos partos, rápidos, sin complicaciones. Podría decir que han sido parecidos, si me fijo en duración, en lo intensos que fueron y en cómo mi cuerpo los sintió.

 

Pero no. Para mi, mi primer parto fue en un hospital, el segundo fue en casa. ¿Por qué si no tuve una mala experiencia, decidí parir en casa en mi segundo embarazo?

 

Porque te lo quitan. Así, con tan solo cuatro palabras. Cuatro palabras en las que cabe todo un mundo de explicaciones y vivencias. Pero al comparar son las cuatro palabras que resumirían mi experiencia. Gente, distracciones externas que imposibilitan que te puedas conectar, te dicen qué hacer, una camilla y prisa por sacarte de ahí. 

 

En el hospital durante el parto, me sentí vulnerable, insegura, dirigida, una parte de mi creía en la ayuda de alguien más para traspasar el momento, el sistema está ahí por algo, ¿no? En planta, me sentí descuidada, un número más.

 

Pensaba ¿Dónde estaba el cuidado, la parte humana de todo esto? 

 

Esto me chirriaba, ¿Es esto lo que se supone que debo sentir en un proceso tan íntimo y maravilloso como es dar a luz a un nuevo ser?

 

Mi imaginación y curiosidad como siempre empezaron a buscar y me guiaron hasta la idea de que posiblemente un parto en casa me daría la experiencia que estaba buscando. Y en efecto, no sólo era lo que buscaba si no resultó ser mejor de lo esperado.

 

Confianza, calma, seguridad y acompañamiento. 

 

Certeza de que mi cuerpo solo ya sabía cómo hacerlo. Generé conciencia de la importancia de mi cuidado después del parto. De mi propia importancia como mujer y madre.

 

Pero lo mejor no llegó hasta un par de días más tarde, cuando me dí cuenta lo que me había dado haber sido yo quien pariera a mi hija. Esta experiencia me había regalado el sentirme empoderada para siempre. 

 

Imposible olvidar esta experiencia que ha reforzado algunos aspectos de mi y ha creado nuevas certezas. 

 

Puedo decidir fuera de un sistema que no me gusta, puedo elegir mi manera de educar, de vivir. Confío más en la valía de mi criterio. Mis necesidades cuentan igual que las de mis hijas porque me veo más que nunca, confío en mi vida, mi cuerpo y el proceso. Y todo esto hace que tenga mayor respeto hacia mi y hacia las demás personas. Podría decir que parir en casa me ha hecho mejor persona.

 

Y lo más importante para mi, descubrir la fortaleza que tengo, que tiene mi cuerpo, si he podido hacer esto, ahora ya puedo con todo. No hay nada que me pare.

 

Creo que si en esta sociedad se pariera en libertad, seríamos una sociedad diferente y mejor. 

 

Y quería acabar agradeciendo a Valle y a Cristina por que me sentí respetada, querida y cuidada en todo momento. 

 

Gracias porque con vuestra ayuda guardo una gran experiencia que me ha cambiado a mejor y que me va a acompañar toda mi vida.

 

María, Marzo 2020

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