Edel

Hace unos dos años y medio me encontré embarazada sin haberlo deseado, en un momento poco propicio para ello. Ese embarazo nunca llegó a término, nunca hubo ni siquiera un embrión creciendo dentro de mí. Fue lo que  llaman “huevo huero” o embarazo anembrionario. El útero se prepara para albergar a un nuevo ser, pero ese ser no llega a desarrollarse, y sólo se forma un saco gestacional vacío. El cuerpo se comporta como un cuerpo gestante, hasta que se da cuenta de que no hay embrión y entonces expulsa todo aquello que había preparado, como en un aborto.

 

Este es el relato del aborto natural y autogestionado de Edel, que existió a pesar de que no llegó a ser, en esta dimensión, más que un vacío, que tuvo un nombre y tuvo una historia, que aún duele muy dentro y muy profundo, aún sin haber sido deseado, soñado o esperado.

No recuerdo con qué excusa conseguí que la matrona me solicitase una ecografía, aunque supuestamente estaba sólo de 7 semanas y la primera no se hace hasta la semana 12. Me encontraba muy asustada y deprimida ¡todo parecía tan extraño! Por alguna razón, a pesar de ser contraria a las ecografías, algo dentro de mí necesitaba esa confirmación de mi estado.

 

Recuerdo con mucha claridad el impacto que me produjo ver en la pantalla del ordenador esa manchita negra, ovalada, rara. Me dijeron sin ninguna delicadeza que no se veía nada. Al preguntar qué significaba eso, respondieron algo como que o bien aún no se veía por ser demasiado pronto o que no se había producido fecundación, y recomendaron esperar otra semana más y repetir la ecografía para ver si se veía algo.

 

Fue una semana angustiosa y eterna. Sobre todo porque yo tenía la sensación de que de algún modo dependía de mí, de mi deseo, el que apareciese o no un embrión. Puede parecer totalmente demencial pero yo lo sentí así ¡y era una decisión tan difícil! Porque aunque racionalmente no quería tener otro embarazo y otro bebé, una parte de mí ya sentía la ebullición, el fuego interno, la alegría de una nueva vida, gestándose dentro.

Hablé con ese ser posible, le expliqué la situación, le agradecí su aparición, le pedí que me ayudase a decidir, le veía y le imaginaba y no me sentía capaz de asumirlo. Aún así le pusimos nombre, Edel, un nombre que habíamos elegido meses antes, bromeando sobre si llegaba esa posibilidad, por no ser identificable como de niña o de niño. Compré un cuaderno para Edel, en el que empecé a contarle todo lo que sentía, escribí mucho, lloré mucho, conecté con la luz y la oscuridad y con fuerzas inexplicables. Finalmente, en los últimos 5 minutos de espera delante de la puerta de la sala de ecografía, le pedí que no se mostrase.

 

Y de nuevo en la pantalla apareció la mancha negra, sin un atisbo de vida dentro. Y tuve el diagnóstico, sólo hay saco embrionario, pero no hay embrión, y las indicaciones “te pasas por urgencias, les pides cita para mañana realizar un legrado para eliminarlo”. Lo dijeron mecánicamente, con bastante frialdad, y ante mi confusión y turbación, con una pequeña brizna de humanidad me preguntaron si era “el primero”. Les dije que ya tenía dos hijas y ante esa información bloquearon cualquier amago de compasión, prácticamente me empujaron fuera. Me pregunto cómo hubiera podido gestionar mi dolor si en realidad fuera el primer embarazo, deseado y esperado con ilusión. Me heló por dentro la frialdad de aquellas profesionales. 

 

En el camino a urgencias fui resituándome un poco, aclarando lo que sucedía. Así que para cuando me explicaron que tenía dos opciones, acudir el día siguiente a que me practicaran un legrado, o tomar unas pastillas abortivas para expulsarlo yo en casa (lo que recomendaban menos porque era más doloroso) pude plantearles si no cabía la posibilidad de seguir el curso natural de las cosas y esperar a que mi cuerpo lo expulsara por sí mismo. Pensé rápidamente que si no hubiera hecho esa ecografía hubiera seguido pensando que estaba embarazada de “verdad" y que en algún momento llegaría a tener un aborto, como tantos que suceden en el primer trimestre, y que por tanto era absurdo forzarlo todo.

 

Me miraron como si hubiera dicho una barbaridad tremenda. Como si estuviera loca. Intentaron explicarme que eso era muy peligroso, que me arriesgaba a sufrir daños, que en el mejor de los casos, el tener el aborto en casa sin intervenciones era muy doloroso y peligroso. Y que, sin embargo, si me hacían un legrado en el hospital al día siguiente ya podía ir a trabajar. Cuando les respondí que quizás no podía, que qué pasaba con el impacto emocional, me miraron como si definitivamente tuvieran un extraterrestre delante. Estaban visiblemente incómodas y contrariadas. Insistían, me dieron los papeles para que leyese la información. Yo argumenté que me parecía que la opción pastillas o legrado también tenía sus riesgos, los cuales estaban escritos en esos papeles que me daban a firmar. Pero su actitud era tan cerrada que finalmente me fui diciendo que tenía que pensarlo y que volvería al día siguiente a comunicarles mi decisión.

 

Cuando salí, axfisiada y profundamente impactada del hospital ya lo tenía bastante claro. Por suerte hace tiempo que no me creo sus amenazas y sus argumentos. Y confío en la sabiduría de la naturaleza. Por suerte había tenido la experiencia de parto en casa de mi segunda hija. Hablé con Valle y la conversación confirmó mi postura. No quería someterme a una intervención innecesaria para arrancar ese saquito oscuro que se había formado en mi interior. Ni tampoco forzarle a salir con pastillas que dañarían mi cuerpo y mi espíritu.

 

Decidí esperar a expulsarlo de forma natural cuando llegase el momento, y aprender lo que la vida me ofrecía con esa experiencia. Cuando al día siguiente les comuniqué la decisión nuevamente me encontré con esa extrañeza, me trataron como loca e irresponsable. Eran otras profesionales y una de ellas estaba claramente enfadada. Intentaron convencerme de nuevo. No entiendo bien por qué les cuesta tanto respetar y comprender algo tan obvio, supongo que porque sienten amenazada su autoridad y algún resquicio de su conciencia se siente culpable porque en el fondo, muy hondamente, supongo que saben que mis argumentos no tenían nada de bizarros ni temerarios.

 

A partir de ahí la espera fue más larga y más dura de lo que hubiera imaginado. Mi cuerpo siguió adelante con el embarazo, como si no aceptase la situación. Tenía muchas molestias, más que en ninguno de los anteriores, un cansancio infinito. Un dolor muy oscuro por el hecho de que todo un proceso se estaba poniendo en marcha para albergar una ausencia, un vacío, una nada… Me sostuvieron las conversaciones con mujeres amigas que habían pasado por situaciones parecidas, el leer algún relato de abortos naturales (que por desgracia no hay tantos, me costó encontrarlos y por eso me animé a escribir este), el apoyo de Valle y otras personas queridas.

 

Hubo momentos de flaqueza y desesperación. Sentía que mi ser se aferraba a ese otro ser que no anidó, y cuanto más pensaba en expulsarlo, más lo retenía. Le escribí casi cada día, en el mismo cuaderno que había empezado cuando supe del embarazo. En dos ocasiones volví a urgencias para saber cómo estaba mi útero. En la primera el saco había crecido incluso. Casi me convencen, me llevé las pastillas a casa, pero no fui capaz de tomarlas. En la segunda ocasión, sin embargo, ya iba casi dispuesta a tirar la toalla. Pero por suerte el saco se había reducido, y una de las personas que me atendió, mostró de forma muy sutil (por sus gestos, sus miradas y algún comentario) cierta complicidad. Me transmitió que me entendía e incluso aprobaba mi postura. No sé su nombre ni su rango en el hospital, pero siempre se lo agradeceré. 

 

Así que seguí esperando. Logré dejar de luchar, de intentar forzar las cosas. Hasta el momento, cualquier pequeña señal la interpretaba como que ya iba a suceder y me frustraba muchísimo cuando nada sucedía. Acepté la espera, y todos los aprendizajes que conllevaba, los aspectos de mí misma que tuve que enfrentar. Recuerdo que tenía muchos sueños que eran como señales. Una noche soñé con una canción que me gustaba mucho de adolescente. El estribillo dice “Let it go, and so fade away…” Aprendí a soltar, a esperar y confiar. Pasé casi dos semanas con dolores menstruales pero ya no pensaba que eran la señal de que iba a expulsarlo inmediatamente. Decidí confiar en qué mi cuerpo lo haría cuando estuviera preparado.

 

Una noche estaba en el sofá dando teta a mi hija pequeña, que entonces tenía dos años, y al levantarme sentí una fuerte contracción. Había salido bastante sangre y supe que el momento había llegado. Dispuse un rincón para entregarme a las contracciones, con poca luz, con los empapadores dispuestos, les dije a las niñas lo que sucedía, y ellas supieron respetarlo. Estuve como una hora con contracciones dolorosas pero soportables, expulsando con cada una de ellas sangre y coágulos hasta que pareció disminuir la intensidad. Entonces acosté a las niñas y justo cuando la pequeña se acababa de quedar dormida sentí un dolor muy intenso, una sacudida de todo mi cuerpo.

 

Apenas me dio tiempo a levantarme y llegar al baño, un buen montón de coágulos se fue por el váter. Entonces comenzó otro ciclo de contracciones más fuertes pero no tan seguidas. Estuve como dos o tres horas echando y echando una increíble cantidad de sangre y coágulos que iba recogiendo en un cubo y en los empapadores. Entremedias podía escribir, escuchar música. Duró mucho más de lo que esperaba, y cuando parecía que ya había terminado de salir todo y me incorporé para acostarme tuve un desmayo. Mi compañero me levantó del suelo, no sé cuánto duró.

 

Me asustó un poco porque me sentía muy débil y mareada pero bebiendo un chocolate caliente recuperé la energía. Todavía tenían que salir los últimos restos. Después dormí muy profundamente y me desperté al día siguiente cansada pero plena, serena y poderosa, con sensaciones muy similares a las del postparto, pero sin criatura en mis brazos, lo que era bastante extraño. Me ayudó mucho poder hacer rituales con todo lo que expulsé, una parte enterrado en un tiesto, otra en la playa, dibujos con la sangre. No tuve ninguna complicación ni ningún problema de salud, al contrario, me sentía llena de energía.

 

Nada de eso hubiera sido posible si me hubieran arrancado todo fría y rápidamente en el hospital. Y hubiera sido mucho más doloroso y traumático acelerarlo con las pastillas abortivas, además de sus posibles efectos secundarios. Cuando pasada una semana fui por urgencias para ver cómo estaba mi útero, todo estaba recuperando la normalidad. Las profesionales que me atendieron no hicieron ningún comentario al respecto. Creo que un aborto es una pérdida en toda regla, incluso en un caso como el mío, y para poder elaborarla es necesario vivir todo el proceso, al ritmo que te marca tu ser. De otro modo se niega la realidad, se evita el dolor, la incomodidad, pero la herida queda oculta en algún lugar del alma, desde el que seguramente sigue doliendo.

 

Aun ahora, al rememorarlo, siento la cicatriz, pero está cerrada. Tengo un calanchoe que ha crecido con el abono de los restos de Edel, que acaba de florecer. Y tenemos un lugar en la playa al que ir a honrar su recuerdo. Sigue siendo difícil hablar de ello, imposible según con quién. Y, sin embargo es asombroso la cantidad de personas que han pasado por algo similar, y nunca hablan de ello, enterrando su tristeza como si no fuera legítimo sentirla. Nuestra cultura no quiere aceptar la muerte y mucho menos la de seres que no han llegado a nacer, por eso es necesario visibilizarlo, darle luz y hablar de ello para poder vivir esa tristeza y encontrarle sentido.

 

Espero que esta historia le sirva a quien esté pasando por una experiencia semejante y agradezco mucho la oportunidad de poder escribirla y compartirla.

Ana, Marzo 2019

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